¿Alguna vez has dejado de inscribirte en una carrera por miedo a quedar último? ¿O simplemente has visto con pena (o incluso risa o desprecio) llegar a alguien arrastrándose a la meta? ¿Alguna vez te has preguntado qué se siente al atravesar la llegada sin nadie detrás? Yo ya lo sé: nada en especial. O, al menos, nada relacionado con el hecho de ocupar esa posición. Y sobre todo si tienes la suerte de estar arropado por tanta y tan buena gente como yo. Pero no te lo voy a poner tan fácil, si quieres saber lo que se siente tendrás que penar conmigo por los caminos y bosques de Sobrescobio a través de estas líneas (¡prometo no hacerlo innecesariamente largo!).
Pese a lo citado en el párrafo anterior, también quiero añadir que espero no convertir esto en una oda a la mediocridad: vaya por delante que para nada me esperaba este resultado cuando me inscribí y que, pese al emotivo final, espero no volver a terminar nunca una carrera así.
8:20 de la mañana en Rioseco, día 11 de octubre de 2015. Nervioso. 8:30 ¡salida! Tramo de asfalto para entrar en un sendero, primera cuesta y noto que algo no va bien... ¡No seas capullo, es que todavía no entraste en carrera! Villamoréi, enfilamos la subida del bosque y confirmo: no voy fino. No voy nada fino. Le sigo "la rueda" a Fernando (ya que no le molesta he decidido aprovecharme de su experiencia en la distancia) a duras penas. Hacemos el paso del pasamanos con cuidado, nos encontramos con Rebolo (foto) y bajada a Prieya. Lleno un bote de sales "pa luego". Seguimos hasta el Cogollu sin nada más reseñable aparte del hecho de que sigo sin ir bien.
En el tramo hasta Trapa (por cierto, bastante técnico y aderezado con barro) me noto muy torpe y ¡hasta se me cierran un poco los párpados! ¿He oído pájara? Parece que sí, ¿no? Guay, no llegué a la mitad y ya vamos así... ¿Lo dejaré al llegar a la Ruta del Alba? Otro año será.
En Trapa como fruta y chocolate y literalmente revivo. Última subida del primer trecho y parece que voy recuperando (sí, en subida). Bajada a la ruta del Alba que empieza técnica pero llevadera: un poco mejor que la del Cogollu (¿debería dejarlo aquí y bajar la ruta del Alba? Parece lo más prudente).
En el avituallamiento del Puente la Vega me pongo un poco las botas. ¡Vaya que sí! Así como por sorpresa Fer me dice: "¡venga, vamos!" Y yo pienso, bueno, mira, si me siento mal me doy la vuelta (tenía ganas de hacer otra vez la Ruta del Alba, jejeje). Pasamos el control de cronometraje y seguimos. Aquí empiezo a tomar un gel y entro en el que probablemente fuese mi mejor momento de la carrera (sí, otra vez en subida).
Poco a poco llegamos al avituallamiento de Fresnu (que aprovecho para orinar, ¡qué ganas tenía ya!) y nos metemos en un fayéu precioso (probablemente junto con el tramo posterior a Trapa uno de los más guapos de todo el recorrido) que empieza con buen firme pero acaba embarrado.
Al salir del fayéu empiezo a notar que no puedo seguir a Fer, sutilmente la distancia entre los dos va creciendo y al empezar la última subida me da un pequeño calambre en el cuádriceps derecho. ¡Mierda! ¡Pues no puedo quedarme aquí tirado con la pata tiesa! Intenta tirar de brazos (llevaba bastones) y baja el ritmo todo lo que necesites. Literalmente. Parece que voy pudiendo.
Arriba del todo está Bre y a voces le damos a entender a Fer que ya no puedo seguirlo. Llego hasta Bre y le pido esparadrapo para una ampolla que, por fortuna, tenía. Lo encuentro muy serio. Me dice que intente seguir tirando de brazos y me explica el siguiente tramo. Me despido y super despacio sigo bajando.
Aquí me di cuenta que se acabó la carrera. Si hubiese sido una prueba de asfalto lo hubiera dejado allí mismo (si no antes) y sin pena: empezando como empecé estaba claro que no podía terminar bien. Pero esto es una carrera de montaña y, ¿por qué negarlo? me hubiera jodido mucho que me hubiesen tenido que bajar sabe Dios cómo por el tecniquísimo bosque que me tocaba a continuación. No podía ser, tenía que llegar a la pista para intentar que, al menos, la evacuación fuese sencilla si me daba un calambre fuerte que me impidiera seguir. Así que más por brazos que por piernas bajé el bosque y por un camino mucho mejor alcancé la pista. ¡Joder, gallu, objetivo 1 alcanzado! ¿Podrás arrastrate ahora hasta Ladines para que te busque María con el coche?
Al lío, sigo bajando (por supuesto en estos tramos me adelantó un reguero de corredores importante) y por la pista voy un poco mejor. Me jode un poco no poder correr un tramo tan sencillo, pero es algo que veo tan lejano en mi situación que casi ni lo pienso.
Al adelantarme una chica me pregunta si faltará mucho para Ladines y le señalo los tejados del pueblo que se ven ¡y ya bastante cerca! Me anima, pero para mi la meta es Ladines, estoy retirado aunque aún no haya podido entregar el dorsal.
Llego a Ladines (¡ahí gallu llegaste a la meta! ¡Objetivo 2 conseguido: salir por tu propio pie!), saco el móvil y me siento, llamo a María y, sin dramas, le explico que tengo calambres, que si me puede subir a buscar con el coche. Mala comunicación.
- "¿Y no puedes intentar bajar, aunque sea andando?"
Si tú supieras lo que llevo hecho "aunque sea andando", cariño... Pero me hace pensar.
- Estoy muy jodido. Te llamo en 5 minutos - cuando haya entregado el dorsal, pensé, aunque no lo dije.
Llego al avituallamiento, como, bebo y al verme estirar me ofrecen Reflex ¡Claro que quiero! ¡Mil gracias! Les pregunto si el tramo que queda es muy técnico y me comentan que no demasiado y que, además, es muy corto, sólo 3km. Miro el reloj. Pues aún me da tiempo. Incluso arrastrándome como voy. Voy a subir el repechín y a ver qué sensaciones tengo.
Subo el repecho bastante bien (es muy tendido) y bajo. Y estiro. Y bajo. Y estiro... Salto una valla con un cuidado exquisito para evitar el calambrazo "definitivo". Aquí me doy cuenta que voy a llorar: si me da un calambre será de dolor pero si no será de la emoción en meta. Ojalá sea lo segundo
El camino mejora, se ensancha, aparece el cemento, oigo un coche ¡estoy llegando! Y de pronto, tras una curva aparece Rebolo subiendo.
- ¿Cómo vas?
- Muy jodido, con calambres desde el 25. Vengo arrastrándome. ¿Falta mucho para el asfalto?
- No, está aquí.
Se da la vuelta y me acompaña.
- Ná, sigue sigue, no te preocupes que me apaño -digo pensando que como voluntario de la organización iba a hacer alguna tarea.
- No, si yo venía a buscarte...
Serás cabrón, que me vas a hacer llorar... Pienso.
- ...y aquí abajo está Chus también.
Nudo en la garganta.
- ¡¡¡Venga ese cumbreru!!! - grita Kike desde más adelante.
Lucho para aguantar las lágrimas. Todavía no, cuando de verdad llegues. Cruzo el río. Veo a María. Giro la gorra para poder besarla bien. Más adelante está Rafa con su mujer e hija y más gente que no conozco animándome. Hay gente que me dice palabras de ánimo, pero ya es imposible oirlos. Sólo oigo a María y a mis compañeros gritando...
- ¡¡¡Corre al final!!!
- No puedo - digo con cierta vergüenza.
Más adelante está Fer también, que tiró 25 km de mi. Palmada de felicitación.
Me acerco a la meta y, por si todavía existía la más mínima probabilidad de que no derramase lágrimas el speaker pide un aplauso y, sorprendentemente, la gente se anima y me lo da. Se me acerca un chaval que debía haber acabado hacía poco (y que no conozco de nada) y nos abrazamos. Voy a donde están María y mi equipo. Aparece Mario. Felicitaciones. Llevo un rato en el que no pienso, sólo siento.
Así que ya sabes, incluso el último se siente bien por conseguirlo. Y no es que sea mejor que los que no acabaron ni que los que no se apuntaron. Simplemente lo has logrado. Compártelo y pocas veces habrás sentido algo así.
Y no puedo acabar sin unos agradecimientos...
Para no estirar la crónica hasta el infinito omití algunos detalles que quiero reseñar como los dos chavales que al adelantarme me dieron sales minerales para llenar mi bote al verme con calambres y la señora de Ladines que no se quedó tranquila hasta que no comí un puñado de uvas que me ofrecía mientras hablaba con María.
También destacar la amabilidad y eficiencia de los voluntarios. Sin vosotros ésto no sería posible.
Y aunque ya lo haya dicho antes, ¡gracias a los que me llevasteis en volandas los últimos metros!